Salomón y Azrael
Salomón y Azrael
(Basado en un relato sufí clásico escrito por Rumi, actualizado por Eitán el mago)
En Abu Dabi, donde el sol todavía salía todos los días sin pedir permiso ni pagar impuestos, derramando sobre el mármol y el cristal de la ciudad una luz tan intensa y dorada que parece un metal fundido, se alzaba el palacio del profeta Salomón.
No era un palacio de piedra antigua, sino una maravilla de nuestro tiempo: una silueta esculpida en vidrio inteligente y acero negro, que se alzaba junto a las aguas turquesa del Golfo como un iceberg geométrico en un desierto de lujo. A sus pies, yates blancos inmóviles brillaban como dientes de leche, y el aire, siempre perfumado por la madera de áloe y la arena caliente, vibraba con el zumbido discreto de los supercoches eléctricos.
Aquí, en el epicentro de una modernidad tan calculada y deslumbrante que hacía olvidar la existencia del tiempo, se presentó, en las primeras horas en que el frescor artificial reinaba en los atrios, un hombre. Su rostro era una nota discordante en esa sinfonía de perfección: una palidez de papel de arroz bajo la luz de las arañas de cristal, sus labios, dos trazos descoloridos. Vestía un traje impecable, de un gris costoso, pero se le veía empequeñecido, como si la propia opulencia del lugar lo estuviera consumiendo.
Salomón, desde su cámara de contemplación con vista a los jardines colgantes de su azotea, lo observó. El profeta era un hombre cuya sabiduría parecía tejida con los hilos de la antigüedad y los circuitos de fibra óptica.
—Tu espíritu —dijo Salomón, y su voz tenía la calidez grave de un violonchelo en aquel espacio acústicamente perfecto— huye de tu cuerpo como la arena de un reloj roto. ¿Qué visión en este paraíso terrenal ha podido causar tal desvarío?
El hombre, temblando como si el frío de su miedo superara el clima controlado, balbuceó:
—¡Azrael, señor! Lo vi anoche, en el salón más exclusivo, entre el susurro de las fuentes y el brillo del oro. Él estaba al otro lado de la sala, junto al acuario de tiburones. Nuestras miradas se encontraron a través del cristal blindado… y la suya… ¡oh, la suya era un abismo de reproche absoluto, una cólera congelada! Sé lo que significa. Su intención es segar mi existencia aquí, entre estas maravillas. ¡Os lo suplico! Usad vuestra influencia, mandad a vuestro avión privado, a vuestra nave más rápida… que me lleve de inmediato al otro extremo del mundo. A la India, a Bangalore, al bullicio y la niebla de sus colinas.
Conmovido por la angustia pura, Salomón asintió. Un gesto sobre la superficie de cristal de su escritorio, una orden cifrada, y el hombre fue transportado, envuelto en ansiedad, hacia el este.
Al día siguiente, cuando el sol de Abu Dabi comenzaba su implacable asalto diario, Salomón recibió a Azrael. El Ángel llegó sin estridencias, vestido con una túnica blanca impecable, su rostro sereno como la superficie del mar al amanecer. En sus ojos no había rastro de la furia que el hombre había imaginado, sino una paciencia infinita.
—Azrael —inquirió Salomón—, ¿a qué obedecía esa mirada de hielo, esa apariencia de ira que dirigiste a uno de los fieles? El terror que sembraste en su corazón lo ha desterrado de esta ciudad de esplendor.
Azrael inclinó levemente la cabeza.
—¡Oh, Salomón! Ha habido un malentendido, una de esas fallas de comunicación que, irónicamente, son más comunes en esta época de hiperconexión. No lo miré con cólera, sino con el más absoluto desconcierto. El Eterno me había ordenado recoger su último suspiro, hoy, a las diecinueve horas y cuarenta y siete minutos, horario de la India, en un cruce de tráfico frente a una torre de empresas emergentes en el corazón de Bangalore. Y al verlo aquí, en este desierto de mármol, tan lejos del destino asignado, me pregunté, lleno de genuina perplejidad: ‘¿Cómo podrá este hombre llegar a Bangalore a tiempo para su encuentro?’
El silencio cayó en la habitación. Salomón comprendió la farsa. El hombre, desde el salón dorado de Abu Dabi, había corrido con toda la velocidad que el pánico y la riqueza pueden comprar, hacia la cita exacta que pretendía evitar.
Finalmente, en este nuestro mundo de espejismos de lujo y ansiedades eternas, la fábula persiste. El hombre huye, acumulando pasaportes de oro, cambiando de huso horario como de camisa, edificando fortalezas de privacidad. Cree que la distancia, medida en millas náuticas o megabits, es un escudo.
¿De quién huyes tú? ¿De ti mismo?
Eso, amigo mío, es una tarea tan imposible como detener la arena del desierto con las manos. Mejor es, entonces, poner la confianza no en la huida vertiginosa, sino en la quietud. Pues el destino, ese administrador cuyas citas están escritas en un registro más profundo que cualquier agenda digital, siempre llega a la hora exacta, aunque tú hayas olvidado leer la dirección final en el mapa de tu propia alma.

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